Crítica literaria a “Hienas”: Estados de ánimo

Crítica literaria a “Hienas”: Estados de ánimo

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Por Camilo Marks

“Lo soñé la noche siguiente que enterramos al perro con la madre de Eni. Le conté a Eni mi sueño por teléfono unas horas después, luego de quedarnos callados en medio de una larga conversación, sin saber qué decirnos. Su interés no fue sorpresa. Me preguntó de inmediato cómo estaba Mariposa. Está muy bien. En la tarde lo fui a ver, mentí. Y luego me pidió que le narrara hasta los más pequeños detalles del sueño: el tamaño del insecto, el tono de la luz que se asomaba por las ventanas, la temperatura de la habitación. No puedo recordar todo eso, Eni. Nadie puede. Por supuesto que sí, me respondió. Solo tenemos que poner mucha atención. Tenemos que meter nuestras cabezas en esto. Hablaba de mi sueño como si fuera de los dos. Su obstinación me molestaba”.

El fragmento recién transcrito procede de “Mariposa”, el más extenso de los ocho relatos que componen Hienas , primera y auspiciosa colección de cuentos de Eduardo Plaza. Como sucede en prácticamente cada título, más que acción, hay estados de ánimo, más que anécdotas, hallamos una serie de reflexiones frustradas por parte del narrador y más que un nudo argumental preciso, característica general en obras de esta especie, tenemos una sucesión de impresiones, de sentimientos o de proyectos de vida que no van a ninguna parte. En este caso, el protagonista, un joven de escasos recursos, está estudiando Derecho; desde la partida, sabemos que no va a superar el segundo año, que defraudará a su madre, una modesta empleada que a diario se desloma trabajando por él. Dicho sea de paso, el nombre “Mariposa” no tiene nada que ver con el lepidóptero, sino que corresponde a un temible mastín español adorado por Eni, la muchacha a quien se interpela en el transcurso de la historia.

Coquimbo y sus alrededores son los escenarios que Plaza ha escogido para la gran mayoría de estas narraciones, algunas muy ajustadas a lo que debe ser el género breve -vale decir, concisión, pocos personajes, desenlace abierto o cerrado-, otras más cercanas a lo que hoy se llama el microcuento. El autor conoce de memoria el puerto, sus barrios, las playas cercanas, las antiguas y nuevas edificaciones, el deterioro permanente, que parece un rasgo consubstancial a esa ciudad y, como muestra de ello, hay constantes alusiones al mal olor, a la pobreza, a la suciedad del entorno, a los piojos, a los ratones y una serie de animalejos que abundan donde la modernidad es apenas una fachada.

“Carolina Fellay” es una niña que vive peinando y acicalando a su muñeca y que conoce a Sergio esperando una micro que los llevará a una consulta oftalmológica (esta vez, la fetidez no proviene del pescado, sino del humo del cigarrillo y del despacho del doctor Cox que huele a comida). “Federici quiere ser emperador” comienza con un mal presagio: “En la casa de Avenida Ossandón 60 no había agua potable y tomábamos baños al interior de un estanque azul plástico, a cuyo olor, con los años, me volví deliciosamente adicto. A eso y al cuero gastado de los asientos de los colectivos”. Sin embargo, el episodio presenta un carácter bastante festivo, hasta el punto de ser casi hilarante: el chico que lo protagoniza aprende a leer muy temprano gracias a su madre; su tío, instalado en la casa, lee el extinto diario Fortín Mapocho donde, para quienes tengan buena memoria, se ridiculizó al último rector de la Universidad de Chile designado por el gobierno militar. Es decir, detrás de la anécdota familiar casi intrascendente, se evoca el pasado de los años 80, cuando el propio Eduardo Plaza era apenas un infante, lo que tal vez quiere decir que esto fue lo que oyó y no lo que vivió.

“Animales de compañía” ocurre en plena transición a la democracia y el gran personaje ausente es el futuro parlamentario y dirigente de la Democracia Cristiana Jorge Pizarro (“Para el Plebiscito, Vicente tenía diecisiete y yo cinco”). El tono es oral, divertido, chacotero y el pequeño héroe, a quien su hermano le roba la sábana para ser usada pintándola para la campaña electoral, nos hace evocar algo que no pasó hace tanto tiempo y, no obstante, es anímicamente cercano, cercano y a la vez romántico. “A ti nadie te obliga” describe las peripecias de un chiquillo pésimo para el fútbol, aunque se ve obligado a practicarlo por culpa de un profesor de educación física desubicado. “Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel” refleja, en escasas páginas, el sempiterno machismo chileno y la inveterada tendencia de los varones para cometer adulterio. Así, Hienas pasa a ser un refrescante debut literario.

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